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Torre de marfil

Un pequeño invento que cambió la cirugía

En el verano del año 1862, durante la denominada “Segunda Batalla de Bull Run”, los cirujanos del Ejército Confederado –del sur– comenzaron a ver, y a intentar tratar, unas heridas que les resultaban inéditas e inconcebibles.

Un orificio de entrada y varios puntos de salida, fracturas de huesos largos con pérdida casi total de la estructura e integridad ósea, esquirlas de hueso incrustadas en órganos internos distantes, evisceraciones abdominales como secuelas de un solo disparo, laceraciones que parecían a primera vista desgarros producidos por la metralla de los cañones y que en realidad se debían a una bala de fusil. ¿Qué significaba todo aquello? Muy pronto se supo. El ejército de la Unión –del norte– había incorporado a su arsenal un nuevo proyectil de fusil para sustituir las balas redondas y lisas empleadas hasta entonces.

Había hecho su aparición, en el campo de batalla de la Guerra Civil norteamericana, la bala Minié. Claude-Etienne Minié (1804-1879) fue un coronel del Ejército francés con una vida agitada y un poco errante. Peleó en varias guerras coloniales africanas, fue profesor de la escuela de oficiales superiores de Vincennes, en Francia, e instructor contratado –mercenario– en Egipto, para terminar como armero jefe de la compañía Remington en los Estados Unidos.

Se dio cuenta, alrededor de 1847, de dos cosas: que las balas redondas tenían poco alcance y precisión debido a la resistencia del aire; y que las heridas causadas por ellas, aunque muy graves en ocasiones, tenían un potencial relativamente bajo de morbilidad y letalidad.

01-260.jpgY, ni corto ni perezoso, puso manos a la obra. Diseñó una bala de forma semipiramidal, con un núcleo central duro y la parte anterior y exterior más blanda y rallada: la bala Minié. Con el rallado circular incrementaba la velocidad inicial y la estabilidad del proyectil, lo que proporcionaba un alcance y penetración mucho mayor y, de paso, con la maleabilidad del metal y su tendencia a la fragmentación, una capacidad destructiva de tejidos y órganos corporales que se multiplicaba varias veces.

La bala Minié se empleó por primera vez en combate real en el curso de la Guerra de Crimea (recuerden los lectores y amantes del cine la matanza de la Carga de la caballería ligera) y después por la Unión, en la Guerra de Secesión norteamericana. Pero esa exclusividad fue breve ya que los Confederados comenzaron a fabricarla en grandes cantidades casi de inmediato.

El invento de Minié dejó a los cirujanos de ambos bandos, confederados y unionistas, con dos deprimentes opciones: amputar todo lo que se pudiera u observar pasivamente la evolución, casi siempre cruel y fatal, de aquellas terribles heridas.

Pero ya vendrían otros tiempos, con mejores técnicas quirúrgicas y también –lamentablemente– con artefactos mucho más destructivos e inhumanos.