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Temas de Interés / Torre de Marfil

Christian de Duve:

El valor del intelecto

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Félix J. Fojo, MD
Ex Profesor de la Cátedra de Cirugía de la Universidad de La Habana ffojo@homeorthopedics.com felixfojo@gmail.com

En tiempos en que el genoma y la genética parecen acaparar todo el interés por el estudio de las células que componen nuestro cuerpo, olvidamos, a veces, que la estructura interna de esas células, su arquitectura, las funciones de sus orgánulos así como la relación entre ellos y entre las diferentes células son la clave de la salud, de la enfermedad y de la muerte cuando nos referimos a un ser en específico, o sea, a cualquiera de nosotros.

El autor de estas líneas recuerda cuando, siendo un estudiante de Medicina y luego un médico recién graduado, allá por los años setenta del pasado siglo, se sentía fascinado por la belleza y la complejidad de aquella maquinaria increíble que resultaba ser una célula eucariota y sus diferentes órganos internos a los que denominaban orgánulos solo porque eran muy pequeños para ser vistos a simple vista.

Desde el núcleo, hogar del genoma, el nucléolo, la membrana nuclear, las mitocondrias –verdaderas factorías de energía (ATP)–, los ribosomas –lectores y transductores de la vida–, el complejo de Golgi, una planta empaquetadora increíble, los lisosomas, los retículos rugoso y liso, los microtúbulos, los componentes del citoesqueleto y otros elementos que harían muy largo este recuento.

En medio de toda aquella explosión de conocimientos sobre la célula se encontraba un bioquímico y citólogo, en parte británico y en parte belga, que no era el único, por supuesto, pero sí uno de los más importantes científicos que estaban culminando la descripción completa del entramado celular, su organización interna y su eficientísima manera de coordinarse y trabajar.

Ese hombre se llamaba Christian de Duve (1917-2013) quien muy pronto, en 1974, recibiría el Premio Nobel de Fisiología y Medicina junto a su profesor Albert Claude (el introductor del microscopio electrónico en la citología) y su compañero de investigaciones George Emil Palade.

Christian de Duve no se conformó con ser uno de los citólogos más brillantes de la historia; también fue el descubridor del glucagón pancreático, por lo que perfectamente pudo haber recibido otro Premio Nobel, y dedicó luego su vida al estudio práctico y filosófico de la evolución.

El autor de estas líneas reconoce que hacía años no sabía sobre de Duve ni si aún vivía, hasta que hace poco la prensa informó que el gran citólogo acababa de morir, en plenitud de facultades intelectuales pero en un acelerado declive de sus facultades físicas debido a la enfermedad y la senectud.

Y él murió por decisión propia, escogiendo la eutanasia –legal en Bélgica–, justo cuando ya consideraba, después de meditarlo mucho, que no podía aportar nada más a la ciencia ni a la filosofía.

¿Es que acaso nos daba otra lección?