Entrevista

Entrevista

Víctor Marcial, MD

El doctor Víctor Marcial es un distinguido e internacionalmente reconocido radiooncólogo puertorriqueño. Luego de especializarse en los mejores centros del mundo, su cariño a Puerto Rico lo hizo regresar y formar acá un centro que sería escuela para toda una generación de profesionales. Actualmente sigue abocado a tareas educativas a través de dos grandes conferencias que organiza en Puerto Rico

“El médico tiene que tener cualidades especiales, no solo estar lleno de conocimientos sino ser compasivo, estudioso, científi co y humano, y dispuesto a compartir, a aprender y luego a enseñar”.

¿Usted estudió en Harvard?

Me gradué de medicina en Harvard y cuando volví fui a trabajar como médico general a Trujillo Alto. Luego ocurrió algo decisivo: el doctor Juan Del Regato, quien era una de las grandes fi guras de la radiooncología mundial, visitaba Puerto Rico y lo fui a saludar pues lo había conocido de casualidad cuando visité la Universidad de Missouri. Me preguntó: “ Marcial, qué estás haciendo?”. Le confesé que sentía una gran inquietud por mantenerme al día en todo lo que fuera médico, pero que como médico general era por lo amplio. Me escuchó e inmediatamente me ofreció una beca para estudiar radiooncología en el Instituto de Cáncer de Colorado Springs que él acababa de formar.

¿Aceptó irse otra vez de Puerto Rico?

Era soltero y acepté. Era un programa pionero de radiooncología en el mundo. Pasé por todo lo que era oncología, inclusive cirugía. Del Regato se convirtió en mi mentor, me envió por año y medio a Europa. Estuve en el Instituto Curie de París, donde él se había formado; en Copenhagen, donde tenían una técnica especial para cáncer de esófago con un sillón que daba vueltas; en Suecia, Londres y Manchester. También estuve en Seattle, donde tenían técnicas de voltaje especial; vi patología de cáncer en Washington University e hice el curso básico de estudios nucleares en Oak Ridge. Luego tomé los boards de radiooncología. En esa época nadie los tomaba, fui de los primeros; me llovían las ofertas de empleo pero volví a Puerto Rico porque Puerto Rico me ayudó. He conocido muchos sitios del mundo, pero no viviría en otro que no fuera Puerto Rico.

¿A su regreso, dónde trabajó?

Me pidieron que ayude en control de cáncer, ese era también mi compromiso ya que yo había estado con beca. Así comencé el programa de control de cáncer en Puerto Rico. Luego trabajé en la Escuela de Medicina en la Universidad de Puerto Rico.

Demos un paso atrás… antes de Harvard, ¿hizo la escuela en Puerto Rico?

Hice el colegio en Puerto Rico. Yo nací en San Juan pero cuando mi madre enfermó fui a Cayey… Me levantaba a las 3 de la mañana como era en esa época, ordeñaba vacas, iba al campo, luego a la escuela, una experiencia que hubiera querido para mis hijos. Creo que he sido un afortunado del Señor porque todas las experiencias han sido buenas y me han sido de mucho provecho. A los 16 fui a la universidad en San Juan y trabajé un año en una ofi cina del gobierno federal porque no tenía los medios. Luego obtuve una beca para estudiar medicina. Tuve suerte… pero, a la suerte hay que buscarla y ayudarla.

¿Cómo fue eso de pasar de médico general a radiooncólogo en Puerto Rico?

Acá nadie sabía bien lo que era esto. Había radiólogos generales y gente muy talentosa pero no había el adiestramiento que yo tuve la fortuna de recibir. Y en el tema de control de cáncer me tocó trabajar en cáncer de cuello uterino que era lo que más mataba a la mujer.

¿Eso fue muy exitoso?

En un reconocimiento que me hicieron calcularon algo que yo no sabía: que el cáncer de cuello uterino había disminuido a menos del 10% en comparación con lo que había antes del programa. Me pidieron que ayude en eso en Corea, donde había una situación espantosa. Luego, el doctor Del Regato, que era muy fi el a sus raíces cubanas, me pidió que vaya al hospital del cáncer en Santa Clara, Cuba. Me trataron muy bien pero me impresionó el control que había, me asignaron un chofer que era el director médico de un hospital y tenían médicos asignados como vigilantes en el hotel. Era incómodo, yo quería invitarlos luego de las charlas pero ellos no podían aceptar porque estaban en labor de vigilancia. Igual me pasó cuando fui a Moscú. Quizás por eso me resistí a algunas invitaciones a China…

¿Cómo continuó el trabajo educativo en Puerto Rico?

Acá establecí un programa de adiestramiento, desarrollamos una escuela de tecnología, envié patólogos a estudiar citología vaginal para el Papanicolau. Traje la Sociedad Americana del Cáncer a Puerto Rico, establecí la junta de tumores y el Registro de Cáncer. Me ayudaron mucho mis relaciones en USA. Luego, tuve el honor de presidir la Radium Society, una sociedad cuya membresía incluye a gente que ha publicado o hecho investigación. Es de las sociedades a las que voy regularmente. No es tan grande como la de radioterapeutas, pero se puede interactuar mejor. Fui miembro del Instituto Nacional de Cáncer en Bethesda y soy miembro del Comité Nacional de American Cancer Society. También tuve la fortuna de ser uno de los fundadores del grupo más exitoso de cáncer en USA, el RTOG (Radiation Th erapy Oncology Group).

¿Cuál sería el nombre más apropiado para la especialidad?

Primero era radiología, luego radiología terapéutica, radioterapia oncológica o simplemente radioterapia. En inglés lo que más se ha conservado para los profesionales es el término de radiation oncologist, había radiation therapist y radiotherapist, que se usa más para tecnólogos. Radiooncología es un término más válido, pues tiene que ser más integral, además de multidisciplinario.

Cuéntenos sobre la experiencia de formar especialistas en Puerto Rico.

Por más de 30 años dirigí el programa de educación de radiooncólogos. Preparamos a más de cien médicos de todo el mundo, en especial de Íbero América. Teníamos el apoyo del programa Átomos para la Paz de la Comisión de Energía Atómica. Así construimos el edifi cio Biomédico en un sitio estratégico, junto al Hospital Oncológico y a la Escuela de Medicina. ¡Teníamos una bomba de cobalto de 8000 Ci! En esa época fui a Rusia y la más potente que tenían era de 400 Ci. En Puerto Rico podíamos tratar los cánceres complicados de cuello uterino, de cabeza y cuello y de esófago, y los programas de investigación eran amplios y serios. De esa época tengo más de 46 trabajos de cabeza y cuello y 20 de cuello uterino. Inclusive el primer acelerador lo obtuvimos con grants. El título de Harvard y, creo, mi persistencia, me abrían muchas puertas.

¿El grupo humano era grande?

Tenía trece radiooncólogos full time. Seis eran board certifi ed, además había fellows y residentes, un servicio completo. ¡No había un servicio así en todo Estados Unidos! ¡De esa manera a los pacientes del Hospital Oncológico les dimos servicio gratis por más de 18 años!

¿Cuándo tuvo que cambiar de rumbo?

Llegó un momento en que sentí que disminuyó el apoyo al tema del cáncer. Eso complicó el trabajo, se fueron varios tecnólogos, había que renovar los equipos y no había presupuesto… A mí me interesaba tener un buen ambiente para producción científi ca. ¡Habíamos tenido las mejores unidades del mundo, el primer acelerador! Creo que un error de los políticos es olvidar que hay que crear un ambiente favorable para las buenas prácticas, para la educación. Algo se hace pero no siempre es lo óptimo. Los buenos programas y los buenos servicios son algo más que un edifi cio. Se requiere tener bases para promover el servicio y la investigación. Yo tuve el privilegio de disfrutar del trabajo de investigación.

También es algo que se respeta, y en su caso ha tenido grandes reconocimientos.

Me retiré de la Escuela de Medicina y fui a trabajar privadamente con equipos que no podía darnos el sistema gubernamental. También decidí dedicarme selectivamente al cáncer más común de la mujer y del hombre: el cáncer de mama y el cáncer de próstata. Hace años me pidieron de USA organizar algo sobre cáncer de mama en Puerto Rico. Había mucha información sobre el tema y teníamos que informar a la clase médica, cambiar la fi losofía. En Europa el tema de mama era algo muy respetado y eso de amputar no se consideraba siempre lo mejor. Trabajamos para que la lumpectomía, a veces con radioterapia, fuera la opción a la mastectomía radical. En la Sociedad Americana de Cáncer me hicieron encargado del Breast Cancer Committee e hicimos un documento que era una guía para cáncer temprano y avanzado.

¿Cómo se desarrollan esas conferencias actualmente?

En la Conferencia de Cáncer de Mama que organizo anualmente en Puerto Rico traemos a lo mejor del mundo. Ahora dura tres días. Este año será en el Ritz Carlton del 17 al 19 de octubre. Con los urólogos hacemos la Conferencia de Próstata. En septiembre pasado vinieron 127 personas. Con la difusión y educación se van superando algunos problemas, por ejemplo el del examen rectal en los hombres. Para la charla de este año estoy evaluando quién se ha dedicado a ver el tema de “Calidad de Vida” en cáncer de próstata.

¿Y eso le da tiempo para el trabajo hospitalario en la actualidad?

Durante la semana voy un día al Hospital Auxilio Mutuo donde trabaja mi hija Vanessa. Ella es radiooncóloga, tiene todos sus boards y su trabajo con los pacientes es impecable. Inclusive a raíz de una situación legal que tuvimos hace años con unos socios, y por su dedicación, ella decidió estudiar leyes en sus horas libres. ¡Terminó y pasó la reválida! Hoy también es abogada. ¡Hemos tenido mucha suerte! Los miércoles yo sigo yendo a la ofi cina. Allí tenemos una unidad de IMRT (Intensity Modulated Radiotherapy). También sigo yendo a las juntas de tumores cuando el tiempo me lo permite, en especial a la del Hospital del Maestro.

¿Tiene otros hijos médicos?

Tengo otro hijo médico, Víctor Marcial-Vega, que estuvo en Hopkins, donde obtuvo sus boards en radiooncología. Él combina mucho su trabajo médico con la medicina natural, piensa que mucho del cáncer se debe a la pérdida de la resistencia natural del cuerpo. Es algo que tiene mucho sentido y que en algunos aspectos aún requiere una base científi ca sólida. Eso se está haciendo, y él lo trabaja con gran entusiasmo.

¿La actividad del especialista se vuelve más estrecha o limitada?

A nivel nacional yo he insistido en que el radiooncólogo no puede existir o trabajar independiente de lo que pasa en la comunidad. Cuando la información sobre prevención y diagnóstico no llega al público no se puede tener todo claro para el tratamiento. Las conferencias son un espacio donde vemos esto en forma interdisciplinaria. Tenemos que aclarar primero todo considerando análisis, terapia, cirugía, patología. Luego, hay que decidir qué tratamiento dar. Además, hay que darle importancia a la cuestión emocional y al tema psicosocial. Ahora traigo alguien de Harvard que nos va a hablar sobre la rehabilitación del paciente. A todos los que puedan aportar a la comunidad en Puerto Rico trato de traerlos. ¡Yo soy el primer estudiante!

¿Cómo ve la situación actual de la escuela que formó acá y de la radiooncología en general?

Actualmente, algunas inquietudes han cambiado así como los intereses. En la Escuela no se renovaron las máquinas y eso decayó. Donde teníamos el edifi cio Biomédico hoy se está levantando el Centro Comprensivo del Cáncer que debe ser algo importante. Es cierto que todo evoluciona. Por otro lado, la fi losofía de ver un paciente es lo más importante. Para mí no es ver un objeto que, por ejemplo, tiene un oído malo y yo le voy a tratar un oído malo. Uno tiene que interesarse en todo ese paciente. Hace un tiempo estaba viendo un paciente que llegó por un problema serio a la próstata. Dos meses después muestra una obstrucción del esófago. Cuando lo ves integralmente tienes que ver todo, hay que conocer todos los factores para comprender a ese ser humano. A veces el sistema no ayuda.

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RECIBIENDO “ASTRO GOLD MEDAL” (2002).

¿Usted consideraría el tema de la educación como algo crítico?

Lo que mejor y más podemos hacer es educar a los médicos. Educar: ¡ese es un compromiso del médico! Educar de todas las formas, con el trabajo multidisciplinario, en las juntas de tumores, inclusive con el ejemplo. Es cierto que siempre habrá los buenos y malos médicos. Afortunadamente estos últimos son la minoría, pero el sistema tiene que protegerse, también, de lo que dicten algunos intereses. Las escuelas de medicina tienen que mantener la mística y el cuidado en la educación, sobre todo en el aspecto humano de los médicos. El médico tiene que tener calidades especiales, no solo estar lleno de conocimientos sino ser compasivo, estudioso, científi co y humano, y dispuesto a compartir, a aprender y luego a enseñar. ¡Eso es lo importante!