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Torre de marfil

Un pequeño invento que cambió la cirugía

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Félix J. Fojo, MD
felixfojo@gmail.com ffojo@homeorthopedics.com

En el verano del año 1862, durante la denominada “Segunda Batalla de Bull Run”, los cirujanos del Ejército Confederado –del sur– comenzaron a ver, y a intentar tratar, unas heridas que les resultaban inéditas e inconcebibles.

Un orificio de entrada y varios puntos de salida, fracturas de huesos largos con pérdida casi total de la estructura e integridad ósea, esquirlas de hueso incrustadas en órganos internos distantes, evisceraciones abdominales como secuelas de un solo disparo, laceraciones que parecían a primera vista desgarros producidos por la metralla de los cañones y que en realidad se debían a una bala de fusil. ¿Qué significaba todo aquello? Muy pronto se supo. El ejército de la Unión –del norte– había incorporado a su arsenal un nuevo proyectil de fusil para sustituir las balas redondas y lisas empleadas hasta entonces.

Había hecho su aparición, en el campo de batalla de la Guerra Civil norteamericana, la bala Minié. Claude-Etienne Minié (1804-1879) fue un coronel del Ejército francés con una vida agitada y un poco errante. Peleó en varias guerras coloniales africanas, fue profesor de la escuela de oficiales superiores de Vincennes, en Francia, e instructor contratado –mercenario– en Egipto, para terminar como armero jefe de la compañía Remington en los Estados Unidos.

Se dio cuenta, alrededor de 1847, de dos cosas: que las balas redondas tenían poco alcance y precisión debido a la resistencia del aire; y que las heridas causadas por ellas, aunque muy graves en ocasiones, tenían un potencial relativamente bajo de morbilidad y letalidad.

Y, ni corto ni perezoso, puso manos a la obra. Diseñó una bala de forma semipiramidal, con un núcleo central duro y la parte anterior y exterior más blanda y rallada: la bala Minié. Con el rallado circular incrementaba la velocidad inicial y la estabilidad del proyectil, lo que proporcionaba un alcance y penetración mucho mayor y, de paso, con la maleabilidad del metal y su tendencia a la fragmentación, una capacidad destructiva de tejidos y órganos corporales que se multiplicaba varias veces.

La bala Minié se empleó por primera vez en combate real en el curso de la Guerra de Crimea (recuerden los lectores y amantes del cine la matanza de la Carga de la caballería ligera) y después por la Unión, en la Guerra de Secesión norteamericana. Pero esa exclusividad fue breve ya que los Confederados comenzaron a fabricarla en grandes cantidades casi de inmediato.

El invento de Minié dejó a los cirujanos de ambos bandos, confederados y unionistas, con dos deprimentes opciones: amputar todo lo que se pudiera u observar pasivamente la evolución, casi siempre cruel y fatal, de aquellas terribles heridas.

Pero ya vendrían otros tiempos, con mejores técnicas quirúrgicas y también –lamentablemente– con artefactos mucho más destructivos e inhumanos.