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Santa Teresa de Jesús

(1515-1585): Un retrato proverbial

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Jesús María del Rincón
Retratista delrinconportrais@gmail.com www.delrinconportraits.com

La española Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, conocida como Santa Teresa de Jesús, nació en 1515, descendiente de judíos conversos. Esta religiosa católica fundó la orden de las Carmelitas Descalzas y fue nombrada santa y Doctora de la Iglesia.

Cuando comunicó que deseaba ser monja, su padre respondió que no lo consentiría en vida. Sin embargo, consiguió entrar en el convento de la Encarnación en 1533. Allí enfermó y estuvo paralítica por 2 años.

Su obsesión desde joven era reformar la Orden del Carmen, que se había vuelto laxa. Se propuso volver a los principios de pobreza, soledad y silencio. Con el dinero que le envió en 1561 su hermano desde Perú fundó el convento de San José de Ávila. Allí vivió 4 años, durmiendo sobre un colchón de paja, ayunando por 8 meses al año y absteniéndose de comer carne.

Más tarde conoció a otro místico, San Juan de la Cruz, quien cofundaría la parte masculina de la Orden, y fue perseguido y apresado por los Carmelitas Calzados, de lo que logró escapar.

A pesar de los obstáculos y enemigos ideológicos que encontró, Teresa prosiguió su inexorable misión de fundar los conventos de las Carmelitas Descalzas. Sus detractores la denunciaron a la Inquisición, que vigiló muy de cerca sus escritos. El padre jesuita Suárez trató de anular la reforma de Teresa, desterrando a los principales frailes descalzos y recluyéndola en Toledo. Él, peyorativamente, la describió como “fémina inquieta y andariega”.

Para la posteridad quedó un retrato de ella a los 61 años, pintado en vivo por Fray Juan de la Miseria, que se conserva en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Sevilla. Se dice que ella, al ver el cuadro, dijo jocosamente: “Dios te perdone, Fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa”.

En 1582 y tras fundar 17 conventos, enfermó en Alba de Tormes y falleció. Fue enterrada en el convento de la Anunciación, aunque su cuerpo incorrupto fue desmembrado para reliquias. Se dice que la mano estaba en poder del propio Generalísimo Franco; un brazo se conserva en el convento de la Anunciación y una parte de su cráneo en el Vaticano.

El padre Francisco Ribera, su confesor, dejó escrito un retrato verbal, motivo de este artículo: “Era de muy buena estatura, y en su mocedad hermosa, y aún de vieja parecía harto bien; […] el rostro redondo, lleno, de buen tamaño y proporción; la tez color blanca y encarnada y cuando estaba en oración se le encendía y se ponía hermosísima; [...] los ojos negros y redondos y un poco carnosos, no grandes, pero muy bien puestos, vivos y graciosos, que en riéndose se reían todos y mostraban alegría, y por otra parte muy graves, cuando ella quería mostrar en el rostro gravedad; […] las manos pequeñas y muy lindas. En la cara tenía tres lunares pequeños que le daban mucha gracia [...]; y era tan amable y apacible, que a quienes la miraban comúnmente aplacía mucho”.