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Manolete

y la muerte noruega

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Félix Fojo, MD
Ex Profesor de la Cátedra de Cirugía de la Universidad de La Habana
ffojo@homeorthopedics.com felixfojo@gmail.com

Manuel Laureano Rodríguez Sánchez nació en Córdoba, España, de familia de toreros, el 4 de julio de 1917. “Manolete” nacería un tiempo después. Pero no mucho después, porque a los 11 o 12 años de edad Manuel Laureano empieza a torear novillos y se hace un habitual de los llamados tentaderos, corridas para niños y muchachos con ansias de llegar a ser toreros. Es de los que aprenden rápido porque nació con el don. Y como se hace con los toreros queridos, a quienes se les ponen motes, todos comienzan a llamarle cariñosamente “Manolete”.

El 25 de junio de 1939, en la plaza del Puerto de Santa María, Manolete deja de ser novillero, y el 2 de julio del mismo año el torero Manuel Jiménez, “Chicuelo”, le concede la alternativa en la atestada y vociferante plaza de Sevilla. La confirmación viene muy rápido, el 12 de octubre –finalizando la Guerra Civil– del diestro Marcial Lalanda y actuando como testigo, su amigo, el también magnífico torero en vías de ser de los grandes, Juan Belmonte.

Ya Manolete es Manolete en toda España y comienza a llenar plazas: Sevilla, Alicante, San Sebastián, su Córdoba natal, Bilbao, Albacete y, por supuesto, Barcelona y Madrid, lugares todos donde va acrecentando la leyenda de torero taciturno y elegante, diestro que mira al cielo, como en éxtasis, cuando tiene el toro delante. Distante pero bravo, de movimientos perfectos y valor fuera de serie. Uno de esos pocos marcados por la gloria y el destino.

A un ritmo de corridas endiablado y extremadamente peligroso, Manolete vive los siguientes 8 años. Una advertencia: el 16 de julio de 1947 es cogido en un muslo, leve, durante la que sería su última corrida allí, en la madrileña plaza de Las Ventas.

Tomando un desvío, señalemos que se ha discutido la posibilidad de que Manolete padeciera de una enfermedad de la glándula tiroides (hipertiroidismo) basándose sobre todo en la evidente exoftalmia, la extrema delgadez física que mostraba y su nerviosismo habitual, que sabía dominar en la faena.

El 28 de agosto de 1947 Manolete llega, calmado –aparentemente– a la plaza de Linares. Le acompañan Luis Miguel Dominguín y Gitanillo de Triana. Y él, como siempre, llega a darlo todo. A eso de las 5 de la tarde, Manolete, algo agotado por 3 horas de faena, se encuentra con Islero, el quinto toro de la tarde, un enorme astado miura de 700 kilos de hueso y músculo. Después de una faena excelente, Manolete entra a matar y mata. Islero recibe en su testuz el hierro que lo arrodilla, pero al mismo tiempo encaja con su asta derecha al torero en la ingle del mismo lado, en el denominado triángulo de Scarpa, el triángulo mortal de los toreros.

Tras dos intervenciones quirúrgicas y con Manolete en shock, Alvaro Domecq –el dueño de las cuadras que nutrían de toros de lidia las corridas de Manolete– llegó con un frasco de plasma noruego que había sido donado un tiempo antes a los pobrísimos servicios de salud de la España de la época. Se lo trasfunden y Manolete, bruscamente, después de un escalofrío, muere. ¿Fue una súbita reacción anafiláctica o una contaminación bacteriana masiva? No lo sabemos. ¿Fue Islero entonces quien mató a Manolete o fue el plasma noruego, probablemente vencido y contaminado? Fueron, probablemente, ambos.

¡El diestro, quizás el más grande de la historia taurina ha muerto! ¡Viva el diestro!