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Los poetas suicidas

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Félix J. Fojo, MD
felixfojo@gmail.com ffojo@homeorthopedics.com

El suicidio es considerado un grave pecado por casi todas las religiones y un delito por la jurisprudencia de muchos países. Para algunos, es un acto de cobardía y, para otros, una acción de supremo valor. Para nosotros, los médicos y salubristas, es un signo de desajuste o enfermedad mental, salvo, claro está, que exista una causa que lo haga prácticamente imperativo, lo que es sumamente infrecuente.

¿Pero, por qué el suicidio es relativamente común entre los poetas? Basta revisar la historia de la literatura para notar la alta prevalencia de este fenómeno entre ellos. Safo de Lesbos, una de las grandes cultivadoras del género, se arrojó al mar por el amor de una mujer:

De verdad que morir yo quiero / pues aquella llorando se fue de mí / y al marchar me decía / ¡ay Safo, que terrible dolor el nuestro / que sin yo desearlo me voy de ti!

Pero fue a fines del siglo XVIII y principios del XIX, la época del despertar del Romanticismo, cuando comenzó la verdadera ola de suicidios entre poetas. El joven bardo inglés Thomas Chatterton se mató a sus 17 años de edad. Los alemanes Karoline Gunderrode y Heinrich von Kleist se suicidaron, pero von Kleist mató primero de un disparo a su novia:

Sonríe mientras el arma apunta / tus últimas ideas en su pólvora / y espérame un minuto antes de irte.

Les siguieron el británico Thomas Lovell Beddoes y el español Ángel Ganivet:

No la horca, el arsénico ni el tiro / jamás la bala… nunca el aparejo / prefiero un trago amargo e infinito.

Se unen al grupo los colombianos José Asunción Silva y María Mercedes Carranza, el austriaco Georg Trakl, los lusos Florbela Espanca y Mario de Sá Carneiro, el boxeador y poeta suizo Arthur Cravan (desapareció en el mar), los surrealistas franceses Jacques Rigaut y René Crevel, los venezolanos José Antonio Ramos Sucre y Miyó Vestrini (nacida en Francia) y el modernista norteamericano Hart Crane, que también desaparece en el mar:

En la borda, el sabor a salitre / me llama a ser océano / valoro la distancia / y alzo el vuelo.

Se les unen los rusos Marina Tsvetaeva y Vladimir Maiakovski, el franco-euskera Jon Mirande, los argentinos Leopoldo Lugones (ensayista y político) y Luis Hernández, los españoles Alfonso Costafreda y Alina Reyes, el mexicano Jaime Torres Bodet, la alemana Inge Müller, los italianos Primo Levi y Amelia Rosselli, el japonés Yukio Mishima –se hizo el haraquiri–, la puertorriqueña Julia de Burgos (murió de una neumonía pero no cabe duda de que se mató bebiendo) y las norteamericanas Sylvia Plath y Anne Sexton, que no podía perdonar a la Plath que se le hubiera adelantado en matarse:

Y un poco de este anhídrido carbónico / que bien dosificado te hace dormir tranquila para no despertar de nuevo / al tedio de los días.

¿Y qué decir de la chilena Violeta Parra? Ella nos dejó antes de matarse ese maravilloso poema que es:

Gracias a la vida / que me ha dado tanto….

Aunque pudiéramos citar muchos más nombres de poetas suicidas, cerremos este breve y macabro paseo con unas frases de la carta de despedida a su esposo de la gran escritora inglesa, y también poeta suicida, Virginia Woolf:

Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad / No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo…