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Leonardo Da Vinci (1452-1519):

Preguntas a un genio

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Jesús María del Rincón
Retratista delrinconportrais@gmail.com www.delrinconportraits.com

Es una opinión generalizada que genio es alguien dotado de una inteligencia excepcional, cuyos conocimientos se adelantan a su tiempo. Ese es el caso de Leonardo Da Vinci, el pensador del Renacimiento nacido en 1452 en la villa de Vinci e hijo natural de una campesina y de un rico notario florentino. Tuvo una vida privilegiada siendo admirado por Papas y reyes. Falleció en 1519 en Francia, en los brazos de su amigo, el rey Francisco I. Hay hasta quien afirma que ha sido el ser humano más extraordinario que ha pisado la tierra.

Haciendo una pirueta de imaginación y salvando los factores de tiempo y espacio, me ubico frente a Da Vinci y tengo la osadía de preguntarle:

Del Rincón: ¿Nos puede contar algunos datos singulares sobre sus dos obras más conocidas, la Mona Lisa y La última cena?

Da Vinci: El nombre real de La Mona Lisa es La Gioconda. Era la esposa de mi amigo y patrón Francesco del Giocondo; el pueblo rebautizó su pintura con el nombre por el que se la conoce hoy. Si observan su rostro, no tiene cejas, pero esa era la moda de entonces para las mujeres en Florencia. La pintura es muy pequeña, 2 pies por 2 pies, y debajo del original hay otras tres versiones que no me acabaron de complacer. Hay quien dice que fue un autorretrato, pero esto lo dejo a su criterio porque forma parte de la leyenda. Max Von Shillings escribió una ópera sobre ella, y si me pregunta la razón de la enigmática sonrisa de la modelo, no se lo pienso decir por tratarse de algo muy personal.

Del Rincón: ¿Maestro, considera La última cena su trabajo más importante?

Da Vinci: Rotundamente no. La pinté entre 1495 y 1497 para el Monasterio de Santa María de la Gracia y quedó inacabada. Además, la gente no la apreció. Experimenté con materiales nuevos que no funcionaron, como el bitumen de Judea; dos años antes de mi muerte el historiador Vasari dijo que la pintura era solo una masa de borrones. Los monjes abrieron un hueco en el mural para salir al huerto trasero del monasterio, y, además, cometí la torpeza de pintarla sobre la pared norte del refectorio, donde había filtraciones y gran humedad. En 1796 los soldados de Napoleón la usaron para tirar al blanco, ensañándose con la cabeza de Cristo. Durante la II Guerra Mundial, una bomba cayó sobre el edificio, destruyéndolo, pero dejando intacta, milagrosamente, la pared de La última cena. Lo que queda de ella, después de las restauraciones y repintes, no es lo que yo realicé. Mías son unas cuantas pinceladas y los contornos. Del original no queda casi nada.

Del Rincón: Además de pintor y escultor, sus investigaciones científicas y estudios de zoología, botánica, óptica, aerodinámica, fluidos, fisionomía y anatomía, entre tantos otros, le convirtieron en el científico más importante de su tiempo. ¿Nos podría hablar de su pasión por la anatomía?

Da Vinci: En la Facultad de Medicina me dediqué a la disección e ilustración de cadáveres, algunos de ellos de criminales. Era difícil, porque lo tenía que hacer muy aprisa, de noche, y a la luz de un candil. Observaba y dibujaba cuerpos, nervios y coyunturas. El hedor era a veces insoportable pero mi curiosidad era más fuerte que los inconvenientes. Más que la Anatomía me fascinaba la Fisionomía, pues el carácter de una persona está escrito en su rostro. Ya no se estudia esta ciencia.

Del Rincón: Para concluir, Don Leonardo, ¿coincide conmigo en que sobrepasó en conocimiento del cuerpo humano a los doctores de su época, y en que gracias a sus estudios de Anatomía se abrió la puerta a un capítulo desconocido por la medicina de entonces?

Da Vinci: Le responderé con una frase de Sócrates, un filósofo al que admiro profundamente: “Sólo sé que no sé nada”.