Temas de interés

Temas de Interés / Torre de Marfil

Flannery O’Connor:

El Lupus como acicate literario

JPEG - 3.7 KB
Félix J. Fojo, MD
Ex Profesor de la Cátedra de Cirugía de la Universidad de La Habana ffojo@homeorthopedics.com felixfojo@gmail.com

Cuando se estudia la obra de determinados escritores es común referirse a la época en que vivieron, al estilo, a las fuentes de inspiración, a las influencias de otros artistas y al manejo y amplitud del lenguaje, pero no siempre se analizan, o solo se mencionan superficialmente, las enfermedades, a veces devastadoras, que sufrieron y cómo estas condiciones, a su vez, incidieron sobre el resultado final de su creación artística.

Mary Flannery O’Connor (1925-1964) fue una de las máximas representantes –junto a figuras de la talla del Premio Nobel William Faulkner, Tennessee Williams, Erskine Caldwell, Carson McCullers, Truman Capote, Dorothy Allison, Harper Lee y otros grandes– de lo que se ha dado en llamar el “gótico sureño norteamericano”, uno de los subgéneros literarios más típicos, poderosos y complejos surgidos en los Estados Unidos y, de paso, una de las formas literarias más inspiradoras (y sutilmente copiadas) para escritores de todo el mundo, incluyendo los también Premios Nobel Alice Munro y Gabriel García Márquez, por citar solo a dos.

Sureña de pura cepa al tiempo que católica practicante –un ave exótica como ella misma se describió– en aquel mundo de campesinos visionarios y fanáticos lectores de la Biblia, Flannery O’Connor retrató sin contemplaciones, en forma despiadada y aguda (adoraba a su Dios pero no dejaba que este influyera en su literatura) una tierra anclada en el pasado, en la violencia, en el racismo, la miseria, la incultura y el oscurantismo religioso.

Pero hubo en su corta vida algo más: el lupus eritematoso sistémico.

El reumatólogo Arthur J. Merrill, de Atlanta, le informó a Flannery en julio de 1952 (tenía 27 años de edad) que su padecimiento articular que cada vez se hacía más doloroso e incapacitante no era una artritis, sino lupus, y que probablemente no viviría más de cuatro o cinco años (su padre había muerto de lupus en 1941, cuatro años después del diagnóstico). Esta noticia fue terrible para ella, pero se refugió en su religión y se lanzó a una carrera desesperada para tratar de escribir todo lo que ambicionaba. Se encerró en su granja (nunca se casó ni tuvo pareja conocida) y comenzó a batallar contra los cada vez más acuciantes síntomas de la enfermedad, y a escribir.

Le dio tiempo para escribir dos novelas, treinta y dos cuentos (algunos de ellos verdaderos clásicos como A Good Man Is Hard To Find) y muchas cartas a amigos donde opina sobre la literatura de su época, la obra de sus contemporáneos (podía ser muy punzante en sus críticas) y hace humor acerca de sus condiciones de vida y su enfermedad.

Falleció de insuficiencia renal crónica agudizada (nefritis lúpica) y otras complicaciones sistémicas el 3 de agosto de 1964. Tenía tan solo 39 años.

Sus Complete Stories ganaron el United States National Book Award for Fiction en 1972, algo muy inusual para un escritor ya fallecido.