
A pesar de que siempre tuve la inquietud de continuar estudios en Medicina, me puse limitaciones durante mis años de bachillerato por pensar que es una carrera muy sacrificada. No fue hasta que me gradué de microbiólogo industrial y comencé a trabajar en la industria farmacéutica cuando comprendí que mi destino no pertenecía allí, que mi preparación académica estaba inconclusa y que mi profesión estaba destinada a ser una de servicio.
Muchas veces, en el ensayo para la escuela de Medicina, cuando me entrevistaron para ingresar a la misma, cuando renuncié a mi trabajo en la industria, etc., me han formulado esa pregunta : “¿Por qué quiero ser médico ?” Casi siempre contesté con el mismo cliché que no deja de ser auténtico : “Porque quiero ayudar a la gente”. Sin embargo, si algo he aprendido durante la escuela de Medicina es que la contestación a esa pregunta se transforma proporcionalmente a nuestra experiencia de vida.
Cuando ingresé a la escuela, muchas veces me
cuestioné la misma interrogante. A veces, nuestras
expectativas entran en conflicto con la realidad de la
profesión, y la escuela de Medicina podría resultar
hasta decepcionante cuando confrontamos la realidad.
La realidad de practicar una profesión a la defensiva
para no salir demandado. La realidad de un servicio
limitado a lo que el plan de salud pueda cubrir. La
realidad de un nicho de la población que es médico
indigente y muchas otras realidades que conocemos a
diario. Sin embargo, todas esas realidades pueden
parecer efímeras y valido mi decisión de estudiar
Medicina cuando transformo, aunque sea por un
momento, la vida de cualquier humano. Cuando
llevamos charlas informativas a estudiantes, cuando
llevamos alegría a hogares de niños maltratados,
cuando curamos heridas a deambulantes, cuando
educamos a la población en general en ferias de salud.
De eso se trata la medicina..., y cada vez que yo sirvo
como agente de cambio para alguien digo “por esto es
que quiero ser médico”.