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Diana de Poitiers

(1499-1566): El misterio detrás de su piel traslúcida

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Félix Fojo, MD
Ex Profesor de la Cátedra de Cirugía de la Universidad de La Habana
ffojo@homeorthopedics.com felixfojo@gmail.com

En 1956 se estrenó la película dirigida por David Miller titulada Diana, protagonizada por la bellísima actriz Lana Turner y los actores Roger Moore y Pedro Armendáriz. Esta cinta nos cuenta, muy al estilo hollywoodense, la vida de una mujer verdaderamente interesante y adelantada para su tiempo: la noble francesa Diana de Poitiers.

Diana, mujer al fin en una época de hombres, tuvo que plegarse a los hábitos y costumbres que el medio le impuso: un matrimonio arreglado por su padre con un hombre 39 años mayor que ella y con el que tuvo dos hijas; quedó viuda a los 31 años para vestir de luto por el resto de su vida y fue dama de compañía de tres reinas y una duquesa. Supo manejarse con gran inteligencia y hacer uso de su belleza, exótica e infrecuente, para elevarse a las cimas del poder y la riqueza.

Algunos historiadores y muchos chismosos han insinuado que Diana fue amante del Rey Francisco I, padre de Enrique II, pero nunca se ha podido probar tal aserto. Lo que sí es cierto es que por 1538 Francisco le solicitó a la bella Diana que atendiera a su hijo Enrique, el Delfín del reino de 18 años al que llamaban “el Bello Tenebroso”, por su constante depresión de ánimo. Enrique llevaba ya varios años casado con Catalina de Médici y no había procreado porque aparentemente no le gustaba la poco agraciada esposa que le habían impuesto. La encomienda implicaba relacionarse con Enrique e imbuir entusiasmo en la por entonces futura emperatriz Catalina. Diana, disciplinada servidora del rey, literalmente empujó a Enrique a preñar nada más y nada menos que –¡diez veces! – a su esposa y, al mismo tiempo, se tornó en la amante de este, convertido ya en rey de Francia, una relación fructífera para ambos que terminó con la muerte de Enrique en un torneo en 1559.

¿Cuál era el secreto de belleza de Diana de Poitiers? Una belleza que le hizo poner en su escudo la frase “Solo el que me enciende puede apagarme”. Veamos: En primer lugar, una disciplina física y nutricional estricta, inédita para aquellos tiempos. Nada de carne, solo caldos, leche, frutas y vegetales en cantidades limitadas. Tres horas de equitación diarias antes del desayuno y una breve siesta después. Baños –¡diarios! – con agua fría, casi congelada. Masajes corporales y faciales con cremas que ella misma preparaba. Dormir lo suficiente en la noche y en una posición casi sentada, para evitar las arrugas en la cara. Mantener la serenidad en toda ocasión y dedicar tiempo a la lectura y la música para activar el cerebro, y practicar asiduamente lo que hoy denominaríamos el sexo tántrico, una habilidad que ella desarrolló y que –se comentaba en la corte–volvía loco al rey Enrique.

Pero había algo más, un as en la manga, un secreto de belleza que solo ella conocía y que, aunque le permitió alcanzar la etérea y extraña belleza de su piel y su pelo, terminaría por matarla. Diana tomaba todos los días un elíxir de oro metálico puro disuelto en cloruro de oro y dietiléter. Esa piel traslúcida, de una blancura casi cadavérica y esa mata de pelo claro tan fino como las sedas más exquisitas tenían su fuente en la anemia progresiva que la intoxicación crónica por oro le producía.

En el año 2008 investigadores forenses franceses del equipo del profesor Philipe Charlier del Hospital Poincaré tuvieron acceso a algunos restos óseos y mechones de pelo de Diana, pudiendo así comprobar que lo que se contaba como un rumor tenía un fundamento absolutamente real –publicado en el British Medical Journal–: los tejidos de Diana tenían casi 500 veces más oro que lo habitual en una persona normal.

Oro y figura hasta la sepultura.