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Abderramán III (891-961): Su enfermedad y proverbio

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Lucas Montojo
Consejero del Real Instituto Alfonso XIII

Abderramán III, fue el octavo emir de Córdoba, en la actual España, y el primero en usar el título de Califa. Durante sus cincuenta años de triunfal reinado, sus incursiones llegaron hasta Francia, Orán, Fez o Túnez. Obtuvo inmensos tesoros, apreció la cultura y trató de que esta se desarrolle a su máximo nivel.

Su interés por la medicina era enorme y aumentó con su padecimiento de “la enfermedad sagrada”, patología que compartió con Julio César, Luis XVI y Napoleón. Como ellos, Abderramán padecía de ataques epilépticos y de un comportamiento obsesivo respecto al orden y la organización, actitud que sin duda podría parecer positiva para llevar a cabo los asuntos de gobierno. Pero, en su caso no fue así, pues llegó inclusive a extremos de anotar el número exacto de días en los que había sido feliz en su vida.

Abderramán III (891-961)Pocos hombres habían tenido tantos motivos para estar satisfechos con su destino: “Alá le había elegido” para ocupar el trono de su abuelo entre muchos candidatos, numerosas victorias militares acrecentaron su poder, a su Córdoba de más de medio millón de habitantes llegaron numerosos embajadores de otros territorios en busca de buenas relaciones con un monarca que reinaría el territorio más vasto y culturalmente más rico del momento y, por si fuera poco, su aspecto físico, fuera de lo común, ojos azules y piel rosada, hacía que todo en él fuera singular y el personaje idóneo para que se fraguara un mito.

Pero, además de padecer ataques epilépticos, Abderramán sufrió antes de morir, a los 62 años, una terrible enfermedad psíquica, hoy llamada “melancolía involutiva”, que consiste en que a la tristeza, melancolía, angustia y abatimiento se les suma la incontinencia emotiva.

Los cronistas relatan que durante estas etapas, sin tener dolores o motivos reales de tristeza, era incapaz de hablar sin lágrimas en los ojos. Estas situaciones sufridas por el Califa han tratado de ser explicadas por algunos historiadores argumentando que su tristeza era causada por haber ordenado decapitar a su hijo Abdallah por traidor, once años antes de su primer brote de “melancolía involuntaria”. Esta teoría fue refutada por especialistas en Psiquiatría, como el Dr. Juan Antonio Vallejo-Nájera, quien estudió su caso minuciosamente.

Como suele ocurrir con estos enfermos, el hijo de Muhammad tenía intervalos libres de síntomas, en los que recuperaba su vida normal. Fue durante uno de estos intervalos, previo al momento de su muerte, cuando este hombre extraordinario que tuvo el mundo conocido en sus manos, dictó el balance de su vida, proporcionándonos un documento interesantísimo y de una belleza enorme:

“He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato.

No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: SUMAN CATORCE.

Hombre, no cifres tus anhelos en el mundo terreno”.

Sin duda da que pensar.