Entrevista

Entrevista

Mario García Palmieri, MD

A lo largo de su vida profesional, el Dr. Mario García Palmieri viene dejando una huella profunda en la sociedad de Puerto Rico, como profesional, profesor y autoridad. Ha sido el primer cardiólogo especializado en Puerto Rico y el primer no estadounidense en ser reconocido en el selecto grupo de 65 Masters entre los más de 30 mil miembros del American College of Cardiology. Además, la sesión principal del Congreso Interamericano de Cardiología lleva su nombre, al igual que una silla dotal en la Escuela de Medicina donde es Profesor Distinguido y Emérito.

Nos recibe en su casa, rodeado por una extraordinaria colección de Reyes Magos, todos muy ordenados y bien presentados. Su cariño a Puerto Rico, a su artesanía, a su trabajo y a la vida se nota en todas partes.

¿Cuándo estudió Medicina aún no existía la Escuela de Medicina de la UPR?

Es cierto, pero don Jaime Benítez había logrado un convenio con 35 universidades en los Estados Unidos y yo obtuve una beca. Me habían asignado Harvard por mis calificaciones pero escogí Maryland. Ya de regreso en Puerto Rico, decidí especializarme y desarrollé acá toda mi actividad.

¿Qué lo empujó a estudiar Medicina?

Aún no estoy muy seguro. Puede ser la admiración que nos inspiraba mi tío Julio Palmieri, que era médico en Arroyo. Estando aún en la escuela yo disfrutaba visitándolo y ayudándolo. Es bueno tener un ejemplo así, y creo que los médicos debemos de ser ejemplo para los que estamos ayudando a formar. Inclusive ahora, en la universidad, me reclutaron medio día para que sirviera de role model y, a pesar de ser medio día, creo que trabajo más que nunca.

Sabemos que un área a la que le viene dedicando una buena parte de su vida es la educación de los médicos graduados.

Aprecio mucho el trabajo en la universidad. Hubiera podido hacer fortuna en práctica privada pero así estoy bien. He ayudado a formar 165 cardiólogos, y miles de médicos, y... ¡eso es tan enriquecedor!

¿Cómo ve la situación de la educación postgraduada actual?

Se requieren cambios. La mayor parte de la educación médica postgraduada se ha llevado a cabo en los hospitales vinculados al Gobierno y con la Reforma se privatizan las instituciones públicas, y por eso, el número de residencias acreditadas en todas las disciplinas ha disminuido peligrosamente.

¿Peligrosamente?

El número disponible para el país es muy bajo en relación con la necesidad. Se han perdido acreditaciones. Así, por ejemplo, en Cardiología el número de plazas de entrenamiento es menor que el que se disponía hace años. Entonces muchos se van a los Estados Unidos. Y si resultan ser buenos, muchas veces no vuelven, estando expuestos al sistema americano y con ventajas económicas tan atractivas. Mi experiencia es que vuelven aquellos que tienen presión familiar, de la esposa o los hijos, por ejemplo.

¿Es un tema de gran repercusión?

El problema de falta de plazas acreditadas ocurre en todas las disciplinas. Por ejemplo, en los cirujanos generales solo una minoría continúa en cirugía general y la mayoría pasa a otra subespecialidad quirúrgica. Y los que quedan no podrán cubrir las necesidades del país, menos aún habiéndose perdido la acreditación de Ponce y Mayagüez.

¿Considera que eso va de la mano con la investigación científica?

Mi impresión personal es que en las áreas clínicas la investigación no es mayor que hace 15 años. En las ciencias básicas, que son de vital importancia para mantener acreditación, creo que se ha mantenido el nivel.

Le hice la pregunta porque parece que ha disminuido el entusiasmo por la investigación…

Es que desafortunadamente el país no ha sabido premiar la investigación científica. Yo he sido un ser afortunado porque me han llenado de reconocimientos. He tenido el privilegio de dar 265 conferencias en muchos países y continentes del mundo, y siempre lo he hecho con orgullo de ver escrito el nombre de Puerto Rico junto al mío; es un honor. Pero creo que el esfuerzo que hacen algunas personas no se divulga a nivel local ni se reconoce como debería de ser. Es importante estimular a la gente joven y que haya un derrotero en investigación. Eso lo marca a uno para el trabajo profesional.

Habiendo limitaciones en los presupuestos de investigación, ¿qué podría sugerir?

Yo creo que la universidad nunca ha tenido un presupuesto adecuado para investigación. Muchos proyectos se hacen a través de NIH o de donativos de farmacéuticas que están orientados a productos específicos. Mira que yo traje más de 10 millones a la Escuela para investigación y no cobré nada por eso. Los tiempos cambian. Hoy yo sugeriría que el sueldo del investigador que consigue los fondos para el proyecto sea pagado de esos fondos. Eso es válido y la ley lo expresa así ahora.

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El DR GARCÍA PALMIERI MUESTRA EL LIBRO SOBRE SU VIDA. “ESTE LIBRO FUE UNA SORPRESA PARA MÍ: MI SEÑORA ENTREGÓ CALLADITA TODO EL MATERIAL SIN QUE YO ME ENTERE. UN GRAN HONOR”.

¿Qué sugerencia ofrecería?

Todos los programas de educación médica graduada requieren que, antes de terminar, se haya participado en un proyecto de investigación o se haya sido coautor de una publicación científica, que puede ser un artículo de revisión, un trabajo de presentación de uno o varios casos médicos o una investigación de un tema nuevo. La mayoría opta por las dos primeras alternativas.

También es importante que se pueda reclutar o retener a uno o dos médicos que sean investigadores y que, a su vez, estimulen a los que se están entrenando. Para esto, tiene que haber es una campaña activa a nivel de la universidad. ¡Eso es vital!

Ahora hay cuatro Escuelas de Medicina acreditadas en Puerto Rico. Creo que las cuatro deben de tener el mismo problema de falta de centros de entrenamiento.

El que habla, el Dr. Raúl Marcial y muchas otras personas llevamos años luchando por los Centros Médicos Académicos. Cuando se creó la Escuela de Medicina no había hospital universitario. En aquel momento el Hospital Municipal estaba acreditado como institución de educación postgraduada y se decidió utilizarlo. Con el tiempo, Doña Fela, alcaldesa en aquella época, vio que eso le costaba mucho al Municipio y se decidió que la Escuela siguiera con el Departamento de Salud. Nos mudamos al Hospital Universitario, que era el Hospital del distrito de Bayamón, un hospital regional que luego fue llamado Hospital universitario de adultos. Se llegó a un arreglo para que la Escuela tuviera también los hospitales de la periferia que referían pacientes y allí, en los servicios primarios, tendría estudiantes.

¿Funcionó ese sistema?

Desde entonces, hemos estado así, luego fuimos al Centro Médico, y nunca hemos necesitado más talleres excepto cuando tuvimos problemas en pediatría. Me tocó resolver esto en 1967, siendo Secretario de Salud, cuando conseguí los fondos para hacer el hospital pediátrico, que quedó como taller de enseñanza de la universidad. Luego, en un momento crítico, Norman Maldonado, que era Presidente de la Universidad, consiguió el traspaso del Hospital de Carolina a la Universidad. Eso es importantísimo para la educación, porque en Centro Médico los hospitales son terciarios y supraterciarios, y el hospital en Carolina tiene también niveles secundarios y algunos primarios.

¿El tema de la nueva ley de los Centros Académicos Regionales puede ser un paso adelante?

Por supuesto. Inclusive con la nueva ley la UPR podría tomar la iniciativa de tener un gran centro médico académico. Con algunos centros de salud como en Canóvanas, Carolina, Trujillo Alto y el Hospital Universitario, el Pediátrico, el Cardiovascular, se puede hacer eso, ¡ya está todo funcionando! Y eso es volver a la esencia del pensamiento visionario de don Jaime Benítez cuando luchaba para crear la escuela de Medicina de la UPR y decía que esta tenía que ser el foco donde hubiera servicios a los pacientes.

Hablar con el Dr. Mario García Palmieri podría prolongarse por horas o mucho más tiempo. Su trayectoria muestra muchas obras positivas para la sociedad en general y para la universidad y la cardiología de Puerto Rico en particular.

Nos hace sentir que quizás la clave para acercarse a la perfección está en dejar siempre algo de uno mismo en cada detalle o en cada actividad que se realice. Y si eso se hace con gusto, entusiasmo y cariño, todo puede parecer más fácil.